17 nov. 2013

Prim. El asesinato de la calle del Turco

Teaser de la tvmovie, obra de Pepo Fuentes

Mañana comenzamos a rodar esta película para televisión, una coproducción de TVE, TV3, Shine Iberia y Dream Team Concept. En los equipos técnico y artístico se repiten muchos nombres que ya aparecieron en los créditos de "El asesinato de Carrero Blanco", entre ellos el del director, Miguel Bardem. Tiene sentido, porque este proyecto nace de aquél. Tras indagar desde la ficción en las extrañas circunstancias que rodearon el magnicidio del último presidente del gobierno asesinado parecía lógico aplicar la misma fórmula al del primero de esa siniestra lista. Esa es la idea.

PRIM. EL ASESINATO DE LA CALLE DEL TURCO cuenta todas las circunstancias que rodearon el atentado mortal de que fue objeto el general Juan Prim y Prats el 27 de diciembre de 1870 cuando iba camino de su residencia oficial tras una sesión en las Cortes. El magnicidio, que muchas veces se ha comparado con el de Kennedy, nunca fue resuelto.

Hace unos meses se exhumó la momia del general para someterla a una autopsia con el fin de desvelar, siglo y medio más tarde del asesinato, las muchas incógnitas que persisten en este caso. Además, el año 2014 ha sido declarado “Año Prim” con motivo del bicentenario del nacimiento del general y se preparan diferentes actos para conmemorar su figura. En los últimos años se han publicado novelas sobre el personaje, ensayos, biografías… Es evidente que el héroe de Castillejos vuelve a estar de plena actualidad.

Nuestra aproximación a este hecho histórico bebe de la extensa bibliografía que existe al respecto. Pero la tesis que sostendremos en el guión (y que parecen confirmar los resultados de la autopsia que acaba de hacerse) es que Prim murió, bien prácticamente en el acto, bien estrangulado después del atentado; dos posibilidades que contradicen por completo la versión oficial (que recogían hasta ahora todos los libros de historia) según la cual el general habría permanecido con vida setenta y dos horas después del tiroteo, hasta el 30 de diciembre, el mismo día en que Amadeo de Saboya desembarcaba en Cartagena. Algunos estudios recientes que han analizado en profundidad los sucesos de aquel mes de diciembre de 1870 apuntan en esta misma dirección.

El guión ofrece al espectador ambas versiones: la que hasta el día de hoy reflejaban los libros de historia y la que gana peso tras los últimos descubrimientos forenses. Para ello usamos la figura de Benito Pérez Galdós, que era un joven gacetillero e incipiente novelista en el momento del asesinato y que casi medio siglo más tarde lo recogería en uno de sus Episodios Nacionales: España trágica. Aunque la inclusión de Galdós en la trama de la película está "ficcionada", tiene una base real. La idea surgió al leer este testimonio de Pío Baroja en sus memorias:

“… un día, por la tarde, hacia 1905 o 1906, acompañé a Galdós por las calles de Carranza y Luchana, y me contó una serie de detalles muy curiosos de gente que había intervenido en el asesinato de Prim: policías, masones, revolucionarios, aventureros y amigos de Montpensier y dos o tres contratistas de obras, que luego pasaron a ser editores, […] años más tarde Galdós publicó su España trágica. […] De cuanto me había contado no decía nada”.

Efectivamente, la novela de Galdós sigue al pie de la letra la versión oficial del asesinato, dando pábulo a mitos y leyendas que los historiadores han demostrado a lo largo de los años que son tales. Ignoro los motivos por los que Galdós renunció a contar lo que, según confesó a Baroja, sabía de primera mano. Nosotros nos tomamos la licencia dramática de recrear buena parte de los hechos desde el punto de vista de un entonces veinteañero Galdós que deambula entre los personajes históricos que protagonizaron esta historia. Todos ellos se relacionan y conspiran en el Madrid del último tercio del siglo XIX –un tiempo marcado por las guerras civiles, las revoluciones y la escasez– durante uno de los inviernos más crudos, en todos los sentidos, de la historia de España.

18 dic. 2012

Matar a Carrero (II)

En la anterior entrada dije que para elaborar la versión que refleja nuestro guión partimos de algunos hechos probados. Son los siguientes:

Según diversas fuentes, "Argala" tuvo un brevísimo encuentro con un desconocido en la cafetería del ya desaparecido Hotel Mindanao de Madrid. No intercambiaron palabra, pero aquel individuo elegantemente vestido, que ha pasado a la historia como "el hombre de la gabardina blanca", le dio al etarra una nota en la que se informaba de los movimientos de Carrero.



A los pocos días, los dos etarras acudieron a la iglesia y comprobaron personalmente que la información proporcionada por el hombre del Hotel Mindanao era correcta. 

Así empezó todo.



Un personaje central de nuestra historia es el comisario José Sainz (Sánchez en la película), quien al frente de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao es el único que acierta a comprender la magnitud de la amenaza que supone ETA, una organización que el gobierno consideraba a principios de los setenta un problema exclusivamente local. Interpretado por Pedro Casablanc, "Pepe el secreta", como irónicamente lo llaman en Madrid, nos sirve de portavoz de la hipótesis que desplegamos en el guión.



Una de las simplificaciones que nos vimos obligados a hacer para poder contar en 150 minutos una historia tan compleja fue concentrar en la entonces llamada Policía Armada todo lo que en realidad implicó a otros cuerpos de seguridad del Estado, como la Guardia Civil o el SECED (servicio de inteligencia). Los personajes verbalizan en varias ocasiones la falta de coordinación entre estos organismos, pero en aras de una mejor comprensión de lo sucedido tuvimos que adjudicar a la Policía acciones que en realidad no llevaron a cabo sus agentes.



Pero continuemos con los hechos. Uno de los más comprometedores, si no el que más, es la evidencia de que las autoridades franquistas pudieron evitar el atentado y no lo hicieron. La Guardia Civil (la Policía en la película) supo de la presencia de etarras en la capital de España. Así lo recogen informes de la época que circularon por los despachos oficiales. Más grave aún, un equipo de la Guardia Civil vigiló al comando Txikia y estuvo a punto de entrar en uno de sus pisos francos para registrarlo. De haberlo hecho habrían hallado multitud de pruebas de la preparación del asesinato. El reportaje de Antena 3 de Estévez y Mármol incluía el testimonio del guardia civil al frente del operativo; justo en el momento en que iban a entrar en el piso recibieron orden por radio de abortar la misión. ¿Quién dio esa orden? El guardia civil sólo pudo confirmar que la llamada venía "de arriba". También recibieron instrucciones de abandonar la vigilancia del comando.



Por otro lado, la dinamita que ETA colocó en el túnel y en el Austin Morris aparcado en segunda fila en Claudio Coello procedía de un polvorín de Hernani que la organización había asaltado meses antes.



Pues bien, los más de veinte kilos que el comando dejó en el maletero del Austin Morris nunca llegaron a hacer explosión. La policía sólo supo de la existencia de esta dinamita tras la rueda de prensa que ETA dio en Francia después del atentado.



La dinamita del Austin Morris tendría que haber hecho explosión por simpatía. El coche fue uno de los que acabó en el socavón que se produjo en Claudio Coello. El Dodge saltó por los aires justo cuando pasaba a su lado, a escasos centímetros.



Cuando, alertada por el comunicado de ETA, la policía recuperó el Austin Morris del desguace, encontró los veinticinco kilos de dinamita intactos. La única explicación posible es que los cartuchos estuvieran en mal estado, probablemente por haber sido almacenados en malas condiciones. Pero -como dice "Pepe el Secreta" en la película- si toda la dinamita provenía del mismo sitio, ¿no debería haber fallado también la que colocaron en el túnel?




Otro dato objetivo: el diario "Informaciones" publicó al día siguiente del atentado, citando fuentes policiales, que la explosión de Claudio Coello la habían provocado unas "minas antitanque". Éste es un detalle del que, al menos que nosotros sepamos, nunca se volvió a hablar en los medios. 





Por otro lado, "El Mundo" publicó en 2003 una entrevista en la que alguien que respondía al nombre en clave de "Leónidas" confesaba haber participado en el atentado que acabó con la vida de Argala y explicaba los detalles de la operación. Entre los datos que aporta este individuo destacan la colaboración de varios mercenarios de organizaciones ultraderechistas internacionales, entre ellos un conocido ex agente de la OAS, Jean Pierre Cherid, y el reconocimento de que el explosivo que utilizaron para volar el R-5 salió de una base americana en territorio español.




Hasta aquí, como decíamos, los hechos objetivos. Ahora explicaré cómo elaboramos con ellos nuestra versión del atentado.

En "Carrero: las razones ocultas de un asesinato", Estévez y Mármol recogen el testimonio de un agente especial de la Guardia Civil al que llaman Tormes que fue expulsado del servicio tras ser acusado de apropiarse de fondos reservados. Tormes había sido enviado al sur de Francia para recabar información que pudiera servir para liberar a Huarte, el empresario secuestrado por ETA. Formando equipo con Tormes en Francia estaba un ex coronel de la OAS, Serge Demaignan. Cuando se enteró de la voladura del Dodge de Carrero, Demaignan aseguró a Tormes que aquello tenía la firma de un compañero suyo de la OAS.



El guión, partiendo del testimonio de Demaignan y del de "Leónidas", inventa el personaje de un mercenario francés que, a través de "el hombre de la gabardina blanca", participa en las voladuras del Dodge primero y del R-5 después. 



Para quién trabaja "el hombre de la gabardina blanca" es algo que nunca queda claro en la película. Como dice "Pepe el Secreta", Carrero molestaba a muchos... Sin embargo, el hecho de que las minas antitanque que el francés coloca en el túnel de Claudio Coello procedan de una base americana (como el explosivo que mató a Argala según "Leónidas") parece sugerir la participación de una famosa agencia de inteligencia extranjera. En uno de los textos con que se cierra la película, nos hacemos eco de la opinión del juez especial asignado al caso, Luis de la Torre Arredondo, que aseguró que "la CIA sabía que se iba a cometer el atentado".



El motivo principal por el que incluimos en el guión todo lo relativo a las minas es la mención a las mismas en un periódico el día siguiente al atentado. Uno tiene la impresión de que es una información muy precisa cuya fuente es necesariamente los artificieros de la policía. En mi opinión, eso confiere al detalle una veracidad especial. En muchos sitios se ha hablado de la existencia de un informe de los servicios secretos franceses que denunciaba la desaparición poco antes del atentado de unas sofisticadas minas que se encontraban en Torrejón. Se supone que ese informe habría llegado al fiscal del Supremo, Fernando Herrero Tejedor. Esto, sin embargo, nunca pudo ser confirmado, entre otras cosas porque Herrero Tejedor murió en accidente de coche poco después.

Por último, el "Informe Semanal" del 25º aniversario del magnicidio recogió por primera vez un testimonio valiosísimo sobre lo ocurrido inmediatamente después del atentado. José María Álvarez de Sotomayor, ministro consejero de la Embajada española en París, contó lo que también relató a la prensa: "Le juro que, en diciembre de 1973, yo mandé desde París un telegrama al Ministerio de Asuntos Exteriores de España informando de que la policía francesa estaba dispuesta a entregar a los asesinos de Carrero blanco, y que no obtuve respuesta." El embajador que hizo caso omiso al ofrecimiento de la policía francesa era Pedro Cortina, que en el nuevo gobierno de Arias Navarro obtuvo la cartera de Exteriores. Arias Navarro, el sucesor de Carrero, era el Ministro de Gobernación en el momento del atentado, es decir, el responsable último de su seguridad.




Todos estos datos son los que nos permiten abordar desde la ficción una versión en la que, sin señalar directamente culpables (porque eso es cosa de jueces e historiadores), apuntamos las posibles ramificaciones del caso. En mi opinión personal está probado que hubo algo más que negligencia por parte de las autoridades y resulta inverosímil que la embajada americana no detectara lo que estaba pasando a escasos cien metros de su sede.

Pero, repito, nosotros no somos historiadores, ni siquiera periodistas, nosotros escribimos ficción. Quizá algún día se sepa lo que ocurrió realmente. Probablemente nuestra hipótesis (la de Pepe "el Secreta") sea -como él mismo afirma- "disparatada, pero más disparatada si cabe es la versión oficial". Nuestra intención era que fuera plausible e interesante. Si después de ver "El asesinato de Carrero Blanco" algún espectador se anima a leer los libros y a ver los reportajes que nos sirvieron de inspiración, tal vez alguien se decida a volver a hurgar en ese período de nuestra historia reciente.



(En una tercera entrada hablaré de algunos aspectos técnicos del rodaje)


3 dic. 2012

Matar a Carrero (I)

Yo tenía seis años cuando asesinaron a Carrero, así que no guardo recuerdos personales del atentado. Sin embargo, tengo grabada en la memoria la imagen del coche (un Dodge 3700 GT, no un Dart, como erróneamente se dice a menudo) volando por los aires. La culpa es de Emilio Ruiz del Río, el genio de los efectos especiales que reprodujo el atentado para "Operación Ogro" (1979), la película de Gillo Pontecorvo.





En el 25º aniversario del magnicidio, en febrero de 1998, Antena 3 emitió de madrugada un reportaje titulado "Carrero: un caso cerrado" que revelaba aspectos del atentado que al menos yo desconocía por completo. Sus responsables, Carlos Estévez y Francisco Mármol, publicaron también un libro, "Carrero. Las razones ocultas de un asesinato", en el que abundaban en su tesis: detrás de la llamada operación Ogro no estaba sólo ETA. Ese mismo año, Informe Semanal dedicaba también uno de sus reportajes al asesinato.

Una década más tarde presenté a TVE un proyecto de miniserie de dos capítulos titulado "Matar a Carrero" (que durante el desarrollo pasó a llamarse "El asesinato de Carrero Blanco"). Además del libro de Estévez y Mármol, las fuentes de información más importantes que manejamos Mercedes Cruz y yo para escribir el guión fueron "Golpe mortal" -el magnífico trabajo periodístico que Ismael Fuente, Joaquín Prieto y Javier García coordinaron al frente del Equipo de Investigación de El País-, la biografía del almirante que escribió Javier Tusell y el impagable "El día en que mataron a Carrero Blanco" de Rafael Borrás Betriú, un tesoro documental de todo lo publicado en la prensa los días posteriores al atentado. Leímos también libros sobre la historia de ETA, la biografía de Argala escrita por Iker Casanova y Paul Asensio, y, por supuesto, "Operación Ogro", de Eva Forest (alias, Julen Agirre).


Ilustración del documento que presentamos a TVE (de clara inspiración
warholiana) y que usamos luego para la portada de los guiones.

Escribir una ficción a partir de hechos reales es siempre delicado. La dramatización supone necesariamente simplificar, adaptar y en ocasiones inventar personajes y situaciones que permitan contar la historia dentro de los límites impuestos por la narración. La responsabilidad de quien recrea hechos históricos es la de ofrecer un relato coherente y plausible. En este caso concreto, nosotros nos propusimos ofrecer una versión de lo sucedido que explicara, o al menos intentara explicar, las muchas incógnitas que rodean el asesinato de Carrero.

El resultado, "El asesinato de Carrero Blanco", es una miniserie de dos capítulos dirigida por Miguel Bardem e interpretada en sus principales papeles por Unax Ugalde, José Ángel Egido, Pedro Casablanc, Enrique Villén, Anartz Zuazua, Luis Bermejo y Chiqui Fernández (al frente de un larguísimo y extraordinario reparto).

En el guión cambiamos los nombres de la mayoría de los personajes reales, salvo el de Carrero y los de sus ministros. El motivo fundamental es que, como he dicho antes, la ficción obliga a tomarse algunas libertades que no siempre se corresponden exactamente con la biografía del retratado. Por poner un ejemplo, durante los casi dos años de preparación de lo que primero iba a ser un secuestro pero terminó en asesinato, pasaron por Madrid más de treinta etarras, número que nosotros reducimos a media docena. De este modo, actitudes y acciones atribuidas a diferentes personas reales se concentran en nuestra historia en un número menor de personajes. José Miguel Beñarán, alias "Argala", se convierte así en "Arriaga" (el mismo nombre que tenía en "Operación Ogro" de Pontecorvo), un personaje que aunque incorpora algunos rasgos del etarra (los puritos que solía fumar, que no supiera hablar euskera...) no pretende ser el reflejo exacto de su personalidad.




En este conjunto de imágenes de Argala/Arriaga/Ugalde (arriba) y de Carrero/Egido (abajo) puede apreciarse el gran trabajo de caracterización que llevó a cabo el equipo de maquillaje y peluquería (Miguel Sesé). En el caso del almirante, el esfuerzo por reproducir con la mayor exactitud posible el físico de la figura histórica es evidente, mientras que con Arriaga la vocación es la de ofrecer un parecido razonable acorde con la diferente aproximación desde el guión a ambos personajes.






En la medida de lo posible, sin embargo, mantuvimos la máxima fidelidad a detalles que pueden pasar desapercibidos al espectador pero que confieren verdad a la historia. Por ejemplo, en las dependencias de Presidencia del Gobierno de la época estaban colgados los retratos de Prim, Cánovas, Canalejas y Dato, todos ellos jefes de gobierno antes que Carrero y todos ellos también asesinados. Esa siniestra premonición está presente en la primera secuencia en el despacho del almirante.


José Luis Torrijo (Santonja, jefe del SECED) contemplando los retratos de Cánovas del Castillo y Eduardo Dato.

Los actores elegidos para interpretar a los etarras son vascos y sus edades se corresponden con las de los integrantes del comando "Txikia"; ninguno había cumplido en aquel entonces los treinta años. Asimismo, las secuencias entre personajes que hablan euskera o francés son en esos idiomas y siempre que pudimos hacerlo rodamos en las localizaciones originales, como la iglesia de San Francisco de Borja en la calle Serrano de Madrid.


José Ángel Egido (Carrero) y Unax Ugalde (Arriaga) en el interior de San Francisco de Borja.
Anartz Zuazua (Goyen) y Unax Ugalde (Arriaga) en el puerto de Ciboure/Ziburu.

Obviamente reprodujimos con la mayor fidelidad posible elementos tan reconocibles como el Dodge destrozado por la explosión, pero también otros prácticamente desconocidos, como por ejemplo el vestido que la mujer de Carrero Blanco llevó a la boda de Carmen Martínez-Bordiú.


Carrero y su mujer, Carmen Pichot, volviendo de la boda de la nieta de Franco. El departamento de vestuario (Elena de Lorenzo) confeccionó tanto el uniforme de gala de Carrero como el conjunto de su esposa.
Foto de la revista "Hola"


En lo que se refiere a nuestra versión de lo ocurrido, la hipótesis que plantea "El asesinato de Carrero Blanco" se sustenta en una serie de hechos probados que cuando menos contradicen lo que podríamos llamar la versión oficial del atentado. (Para evitar spoilers, lo explicaré en otra entrada después de la emisión en TVE de los dos capítulos de la miniserie)

17 sept. 2012

El Último (una de vampiros)


En 2004, después de publicar mi segunda novela, "Bendita Democracia Americana", me propuse escribir una historia de vampiros. No soy un conocedor exhaustivo del género, pero mis novelas favoritas de chupasangres son "El sueño del Fevre" de George R.R. Martin (quizá después del éxito de "Juego de Tronos" alguien se anime a adaptarlo al cine o la televisión), "Soy Leyenda" de Richard Matheson y "La doncella de hielo" de Marc Behm; tres visiones muy diferentes pero que tienen en común la voluntad desmitificadora de la figura del vampiro.





Mi intención era seguir su ejemplo y contribuir modestamente a ampliar la leyenda ofreciendo un punto de vista original del mito (si eso es aún posible a estas alturas). Escribí entonces unas cuantas páginas intentando buscar el tono de la historia. Introduje al que habría de ser mi protagonista y lo situé en París, en la época actual. Lo hice peluquero para librarme de uno de los tópicos genéricos que quería evitar, que los vampiros no se reflejen en los espejos; me hacía gracia que el mío tuviera que trabajar delante de uno. Las cinco páginas de esa primera aproximación salieron de manera fluida, del tirón. 

Aquí puede haber una novela, pensé.

Desarrollé un argumento que, a grandes rasgos, se podría resumir así: mis vampiros estarían al borde de la desaparición (el protagonista sólo sabe de la existencia de otros dos "hermanos") y según la leyenda todos serían descendientes directos de Caín, el primero de su raza. No serían inmortales, pero sí increíblemente longevos. Un buen día, el protagonista recibe una carta de uno de sus dos "hermanos" anunciándole que el tercero ha sido asesinado y que ellos son los siguientes en la lista. Al parecer alguien quiere acelerar su inevitable extinción. El protagonista no tarda en descubrir que la leyenda es cierta y que Caín fue en realidad el primero de los suyos... y que sigue vivo. Me atraía la idea de poner en pie un personaje monstruoso atormentado por recuerdos de miles de años que a veces confunde con sueños, un vampiro primordial condenado a vagar por el mundo y que sólo podrá descansar y morir cuando haya eliminado al último de sus descendientes. El duelo entre este supuesto Caín y el protagonista sería el clímax de la novela.

En los siguientes meses me documenté sobre el tema, leí novelas, aproximaciones antropológicas, históricas... Como me ocurre a menudo, mi trabajo de guionista "a sueldo" me apartó de este proyecto personal, que quedó abandonado durante algún tiempo... Y entonces se publicó la primera de las novelas de la saga "Crepúsculo". El increíble éxito de la obra de Meyer podría haber servido de incentivo, haberme animado a escribir mi propia novela, pero produjo el efecto contrario. Era fácil imaginar que en los meses sucesivos el mercado editorial llenaría las librerías de colmillos y de sangre. No quería que pareciera que me sumaba a una moda. Y, sobre todo, no tenía más que cinco páginas. El caso es que me olvidé definitivamente de mi vampiro y de Caín.

Caín y Abel según Tiziano

Un año más tarde, sin embargo, retomé de alguna forma la idea. El culpable fue Alejandro Colucci, un ilustrador uruguayo afincado en Barcelona, responsable de muchas portadas de libros, entre ellas la de mi segunda novela. Yo entonces vivía también en Barcelona y Colucci me llamó para, precisamente, proponerme hacer juntos un libro sobre vampiros. Había trasladado su fascinación por el mito a unas magníficas ilustraciones y buscaba alguien que escribiera unos textos para acompañarlas. Yo le conté mi frustrado proyecto de novela y le di a leer aquellas cinco páginas. Le propuse escribir fragmentos de supuestos diarios y cartas de vampiros en diferentes épocas y lugares del mundo, de manera que configuraran una especie de collage literario que encajaría con el espíritu de sus retratos. El arranque de mi novela servía perfectamente a ese propósito. Escribí también un texto muy corto adaptando el relato bíblico de Caín y Abel en clave vampírica.

A pesar de que Colucci y yo llevamos la idea del libro a una editorial que parecía interesada, aquel proyecto tampoco salió adelante. Y mis textos sobre vampiros volvieron al disco duro del ordenador, junto a muchas otras ideas abandonadas, abortadas, fallidas.

Hace poco, buscando otro documento, me encontré con la carpeta de los vampiros. Volví a echarle un vistazo a las cinco páginas y pensé que quizá merecería la pena darles otra oportunidad. Recuperé también el texto sobre Caín. Quizá funcionaría como preámbulo. Añadí una cita del Génesis que podría servir para abrir la novela (este tipo de subterfugios retrasan el momento de sentarse a escribir en serio y sirven para que uno se imagine el libro ya terminado y encuentre así energías para abordar el pequeño e ineludible trámite de tener que parir un mínimo de doscientas y pico páginas). Incluso le puse un título de trabajo: "El Último".

De nuevo pensé que ahí podría haber una novela.

Nunca la habrá (o al menos no seré yo quien la escriba). Resulta que acabo de enterarme de que Will Smith se dispone a debutar como director con una película titulada "The Redemption of Cain", una versión "vampírica" de la historia bíblica de los dos hermanos. 

Como muy bien explicaba hace unos días el compañero Carlos López en Bloguionistas, esto es algo que nos pasa continuamente a los que nos dedicamos a contar historias. Está claro que el destino no quiere que yo escriba mi novela de vampiros. No voy a desafiarlo. Pero lo que sí voy a hacer es copiar a continuación esos dos textos que llevan años en el disco duro de mi ordenador, aunque sólo sea para dar fe del fracaso consustancial a este oficio. Todos los escritores y guionistas acumulamos proyectos en diferentes fases de desarrollo que nunca verán la luz. Incluso pensamos a veces que en esos textos inéditos se encuentra lo mejor de nuestro trabajo. No digo que sea el caso de "El Último", pero reconozco que me fastidia haber dejado pasar la oportunidad de escribir mi propia historia de vampiros.

Me tendré que conformar con estas pocas páginas, testimonio de lo que pudo ser y no fue.



"EL ÚLTIMO"




Vagabundo y extranjero serás en la tierra. 
Génesis 4-12


Hacia la región de Nod


La quebrada línea del horizonte comenzaba a morder el disco solar, que hacía rato que ya no irradiaba calor alguno; se limitaba a bañar de carmesí las piedras del desierto. Un viento frío soplaba del este, anunciando la noche.
La primera noche que habría de ser eterna.
A mis pies, mi hermano Abel. Junto a Abel, una quijada de asno. Un charco de sangre creciendo alrededor, sangre que la tierra seca se bebía con avidez. Sangre del color del cielo, de las piedras. Pronto habría de ser negra. Antes de que eso ocurriera, antes de que la fuente abierta en el cráneo de Abel dejara de manar y las entrañas del desierto se saciaran, me arrodillé y sujeté con una mano la cabeza de mi querido hermano. Con la otra formé un cuenco y recogí el líquido espeso y caliente. Acerqué los labios y bebí.
Así comenzó todo.
Mi hermano no se movía. Dormía con los ojos abiertos. Me senté a su lado y esperé. El sol desapareció detrás de las montañas. Hice guardia durante toda la noche.
La luz del nuevo día pintó de blanco la piel de Abel, pero no le devolvió el calor. Lo cogí en vilo, lo zarandeé, grité a su oído. Pero cuando lo solté, el cuerpo de Abel se desplomó en el suelo.
Comprendí por fin que me había quedado solo. Había olvidado los motivos que me habían llevado a golpear a mi único hermano con aquel pesado hueso. Recordé, eso sí, la rabia, el odio, la fiebre. Y sentí por vez primera el peso de la culpa. Y sentí también placer. Todo al mismo tiempo.
Me alejé de aquel lugar, entornando los ojos. Después de pasar toda la noche en vela me molestaba la luz del sol. Busqué refugio en una gruta y me tumbé en una cavidad al fondo, en donde la oscuridad era total. El sabor acre de la sangre de mi hermano permanecía en mi boca. Cerré los ojos y no tardé en dormirme.
Entonces tuve un sueño. El primer sueño. Y ese sueño dura todavía.

1

Que yo sepa sólo quedamos tres. Uno en Yakarta, celador en la maternidad de un hospital. Otro en algún lugar de Brasil. La última vez que tuve noticias suyas trabajaba de cocinero en un hotel de Sao Paulo, pero me consta que tuvo que huir. Aquello es tan grande que puedes desaparecer sin necesidad de salir del país. Creo que se ha instalado cerca de la frontera con Paraguay. Y por último yo, aquí en París, al menos de momento. Así que si vives en cualquier otra parte del mundo, puedes considerarte afortunado. Cuando planees tus próximas vacaciones evita esos tres destinos y estarás a salvo. Porque nosotros no viajamos si no es absolutamente imprescindible.
Olvida todo lo que te han contado sobre mis hermanos y yo. Lo único cierto es que nos alimentamos de sangre humana. El resto son mentiras, leyendas e invenciones. No sé a los demás, pero a mí me encanta el ajo. Y a mis clientas les resultaría muy extraño que su peluquero favorito no se reflejara en el espejo. La luz del sol no nos destruye, no dormimos en ataudes y tampoco somos inmortales. No necesitas clavarme una estaca en el corazón para matarme. En ese sentido, somos tan frágiles como cualquiera, aunque, eso sí, extraordinariamente longevos. Longevidad que no parecemos valorar especialmente, porque la principal causa de mortandad entre nosotros es el suicidio.
Y no somos necesariamente hermosos.
Me llamo Sergio Krauser y tengo ciento setenta y nueve años.
Lo que sostengo en la mano derecha es un tarro de mi mermelada favorita. La hago yo mismo. Me gusta desayunar tostadas y un café au lait. El de hoy es especial. Ayer llegó un envío de mi hermano de Yakarta. Yo le mando de vez en cuando un poco de mi mermelada y él me corresponde con un frasco de leche que deshidrata él mismo. No es cualquier tipo de leche. Es de su cosecha particular. Ya he dicho que trabaja en una maternidad.
Vivo solo, qué remedio, en un espacioso apartamento en la rue Serpente heredado de otro hermano. Tengo un modesto salón de belleza en una calle estrecha entre Saint André des Arts y el quai. Sólo arreglo el cabello personalmente a unas pocas señoras, clientas de toda la vida. De toda su vida. Jean-Baptiste y Kim atienden al resto. Llevan conmigo desde que salieron de la escuela. Con Kim me acuesto de vez en cuando. Es originaria de Costa de Marfil y tiene veintidós años. Hoy ha dormido en casa. No es lo habitual, pero anoche fuimos al teatro y luego a cenar, y se nos hizo tardísimo. A esas horas ya no funciona el metro ni el cercanías, y la casa de su hermana, con cuya familia vive, está en las afueras, en Champigny.
–Hazme una –dice anudándose mi bata y señalando con la barbilla la tostada que estoy untando de mermelada. Sujeta entre los dientes una diadema elástica mientras se recoge las gruesas trenzas negras en una coleta.
–No te va a gustar.
–¿De qué es? Parece frambuesa.
–Tiene frambuesa, sí.
–Me encanta la confitura de frambuesa.
Le preparo una tostada. Ella se sirve café.
–¿Leche?
Coge la tostada y le da un mordisco.
–Solo con azúcar –contesta mientras mastica.
Mejor. Mermelada tengo de sobra, pero la leche de mi hermano de Yakarta es un bien escaso.
–Sabe raro –dice mirando la tostada. Le da otro bocado–. Pero está rica.
Una gota de intenso color rojo le resbala por la comisura de la boca. La recojo con la punta de la lengua y no consigo vencer la tentación de clavarle los dientes, aunque suavemente, en el labio inferior.
–Que me haces daño, tonto –protesta juguetona.
Meto la mano debajo de la bata. Es de seda y perteneció a Casanova, o eso aseguraba el hermano del que heredé el apartamento con todas sus pertenencias. Probablemente sea mentira. Somos muy mentirosos.
–¿Daño? Tú no sabes lo que es el dolor, mi amor –digo pellizcándole cariñosamente un pezón.
Y es verdad. Afortunadamente para la hermosa Kim, ella nunca acabará convertida en mermelada.

Mi madre, Hortense Villeneuve, conoció a mi padre, el coronel Franz Von Krauser, el siete de mayo de 1824, en Viena. No fueron precisamente presentados en sociedad. De hecho, ella tendría que haber sido aquella noche la cena del coronel. Mi madre salvó la vida –aunque por poco tiempo– gracias al incomparable genio de Ludwig van Beethoven, a quien por tanto le debo yo la mía.
Sinceramente, no sé si estarle agradecido.
Hortense, la delicada y hermosa mademoiselle Villeneuve, acababa de llegar a Viena procedente de París para trabajar como institutriz en casa de una acaudalada familia. No conocía a nadie en la ciudad. El coronel la vio un día por la calle y quedó prendado de su belleza. Así era casi siempre. La vigiló durante unos días hasta familiarizarse con sus hábitos. Una semana más tarde, el citado siete de mayo, la secuestró a la salida de misa, pronto por la mañana. Hortense permaneció encadenada todo el día en un sótano, llorando y rezando por su pobre alma.
Mi padre tenía entonces más de doscientos cincuenta años. Murió a los trescientos sesenta y siete, en el campo de batalla. Seguía siendo coronel. Su crueldad le había convertido en uno de los más destacados oficiales de la Alemania nazi, un magnífico refugio para los de nuestra raza. Hasta finales del siglo xix, la vida era infinitamente más sencilla para mi gente; la impunidad se compraba con dinero y la policía no perdía el tiempo aclarando extraños crímenes cuyas víctimas no formaran parte de las clases sociales privilegiadas. El Destripador de Whitechapel tuvo buena parte de culpa en que las cosas se tornaran difíciles para nosotros. El viejo Jack, que no era uno de los nuestros, marcó sin embargo un antes y un después para mis hermanos y yo.
Von Krauser pensaba dar buena cuenta de la tierna Hortense aquella noche, a la vuelta del concierto. La expectación despertada por el estreno de la Sinfonía nº 9 en re menor, Coral, Opus 125 de Ludwig van Beethoven tenía a toda Viena presa de una increíble excitación. La orquesta había ensayado la sinfonía sólo dos veces, pero el rumor de que se trataba de una obra fuera de toda norma, revolucionaria y majestuosa, se había difundido rápidamente por la ciudad. Nadie quería perderse el evento.
Mi padre lloró al terminar el último movimiento. Es algo digno de mención, porque ver derramar lágrimas a uno de nosotros es tan difícil como oír cantar a una piedra. El público del Kärntnerthort-Theater enloqueció. Tuvo que intervenir la policía. Diríase que los asistentes querían hacer llegar sus aplausos y ovaciones al genio que todos sabían sordo, al creador de esa música inmortal que, por un momento, hizo plantearse a mi progenitor la existencia de “un padre de bondad que habría de morar sobre la bóveda celeste”. Imbuido de ese espíritu de fraternidad universal que destilaba la Novena, mi padre volvió a casa y escuchó los gemidos, ya casi un estertor, de Hortense. La liberó de las cadenas y decidió no beberse su sangre. Ella estaba prácticamente inconsciente, así que no opuso resistencia alguna cuando mi padre le rasgó el vestido y la penetró mientras retumbaban en su cabeza los versos de Schiller de la Oda a la Alegría. Lo que no sabía entonces mi padre es que mademosille Villeneuve era doncella.
Quiza sea el momento de explicar cómo nos reproducimos. Todos somos primogénitos, todos matamos a nuestra madre en el parto, todos somos descendientes directos del primero de nosotros, cuya existencia se remonta al origen de la especie, aunque si hay que creer las leyendas, Caín bebió la sangre de su hermano Abel después de asesinarlo e inauguró una dinastía que en estos momentos se encuentra en peligro de extinción. Es imperativo que la madre que nos engendre quede preñada de su primera relación sexual. Y el descendiente ha de ser varón. No tenemos hermanas. Nunca han existido. La nuestra es una enfermedad que se transmite sólo de padres a hijos varones. He dicho enfermedad, sí. Cómo llamar si no a una condición congénita de la que no somos responsables, que no podemos evitar, que no hacemos nada por merecer. 
Se mire como se mire, somos inocentes.